Lecturas para el Día E (4): Ronaldo Menéndez

Ronaldo Menéndez (La Habana, 1970) es un escritor cubano que vive actualmente en Madrid. Fundó la escuela de escritura El Billar de Letras y es autor de varias novelas y relatos. Tenemos aquí un fragmento de su última novela, La casa y la isla, publicada en 2006. ¿Alguien se anima a leerla?

Os dejo un enlace de su página personal: http://www.ronaldomenendez.com/

Fragmento 1

Un día Anabela escuchó por primera vez un nombre que ya le sonaba demasiado conocido: Ernestico Guevara. Andaba con Rebeca barriendo la tierra y las hojas secas de uno de los caminos que conectaba el edificio docente con el comedor —no había empleados de limpieza, sino que a los propios estudiantes se les asignaban dichas tareas— y oyó que un veterano de noveno grado decía en medio de un coro:

—Ernestico Guevara era el más estancao.

Ya Anabela había tenido tiempo para familiarizarse con el vocabulario de la Lenin, que era como el dialecto de una secta. Contaba con palabras que solo los de dentro entendían. Una de las más usadas era ‘estancao’. Quería decir indisciplinado, díscolo, tarambana. El término correcto sería ‘estancado’,  y proviene de estar metido en un estanque, como agua turbia y pútrida, sin moverse, sin evolucionar.

A Anabela el apellido del Che, unido a un diminutivo, le sonó raro. Entonces se acercó cautelosamente a los de noveno que parecían orangutanes sentados debajo de una mata. Tenía miedo, miraba hacia todas partes porque estaba en ‘horario de limpieza’ y si la pillaban charlando con los monos bajo un árbol le pondrían un reporte. Pero aquello de ‘Ernestico Guevara era el más estancao’ merecía la pena.

Entonces comenzó a trabar conocimiento de uno de los grandes mitos que circulaban en la Lenin de aquellos años. El del hijo del Che, que había sido expulsado tiempo atrás.

Resulta que al parecer el hombrecito nuevo procreado por Guevara de la Serna había sido todo un personaje, pero dudo que un motivo de orgullo para su padre, aunque con los héroes nunca se sabe. Amparado en la mística de su nombre campeaba a sus anchas en los predios leninistas. Eran como su coto de caza.

 

Fragmento 2

Uno de los de noveno se puso a contar la vez en que Ernestico había sido expulsado del aula por un maestro. El hijo pródigo se aburría de tanta matemática y tuvo la ocurrencia de empezar a lanzarle bolitas de papel masticado al profe, que escribía en la pizarra de espaldas a los alumnos. El profe no se lo podía creer. Se volvió iracundo y gritó que inmediatamente se pusiese de pie el que había osado hacer aquello. Pero Ernestico no se puso de pie. Continuó muy repantigado en su silla con una cuchara que había sustraído del comedor para utilizarla como catapulta. Y lanzó otro proyectil, y otro, ante las narices del profesor. En dirección al profesor. Sus compañeros no estaban perplejos. ¿Por qué? Porque Ernestico ya había probado su catapulta en las clases de Física y Literatura. Los maestros, al verificar que se trataba del hijo del héroe, trocaban su ira en una actitud de tomárselo a broma. Incluso el profe de Física hizo alguna observación acompañada de risita nerviosa referida a las leyes de Arquímides con aquello de la palanca y la cuchara de Ernestico, mientras una bolita de papel ensalivado se le pegaba en la oreja derecha. Sin embargo, el maestro de Matemáticas era un negro comunista de la vieja escuela que no estaba dispuesto a aguantar aquello, y lo expulsó del aula diciéndole que lo esperase en la Dirección. Pero el hijo del Che pensaba a lo grande. ¿Cómo desaprovechar la oportunidad de aquella expulsión temeraria para demostrar el tamaño de sus cojones? ¿Salir andando cabizbajo y asustado rumbo a la Dirección, como lo haría cualquier otro estudiante? Ah, él sí que era el hombre nuevo. Así que en lugar de salir con sus libros bajo el brazo, ¡cargó con toda su mesa de trabajo! Era fornido, de modo que pudo echarse sobre los hombros el enorme armatoste y salió silbando. Luego llegó al balcón del edificio docente, un tercer piso, y lanzó la mesa que se hizo añicos contra la plazoleta.

Los alumnos de noveno reían a coro al contar la hazaña. Y Anabela y Rebeca huyeron despavoridas porque sintieron que el mero hecho de escuchar aquello ya era un acto delictivo.

Un apunte imprescindible: antes de salir pitando del coro de los de noveno, Anabela se fijó en uno de los chicos que parecía un Adonis en versión caribeña. De pelo negro encrespado y violentos ojos verdes.

 

Fragmento 3

Se contaban muchas cosas acerca de Ernestico Guevara. Que pasaba la noche cazando gatos detrás de los albergues, para luego lanzarlos a la piscina. Que fue el precursor de la temeraria costumbre de robar en el comedor durante la noche. Convocaba a algunos amigotes incapaces de negarse a seguir los caminos heroicos de Ernestico Che, rompía una ventana y hurtaba ruedas de queso, panes, tinas de helado, y luego montaba un negocio clandestino en el albergue vendiendo el botín en pequeñas raciones. Pero nada de hacer ahorros. El dinero lo reinvertía en botellas de ron que le traía algún profesor. Beber en la Lenin era como incurrir en pedofilia en la iglesia. Malo malito, pero se hace. Además, si el hijo del Che (Dios) le decía a algún maestro (cura) que le consiguiera algunas botellitas de ron (agua bendita en Cuba), aquello no podía estar mal si nadie más se enteraba. A fin de cuentas se trataba del hijo de un Dios. Y ya se sabe que éste perdona el pecado pero no el escándalo. Entonces Ernestico montaba escandalosas borracheras en el albergue a altas horas de la noche para ver si de verdad alguien era capaz de no perdonarle el escándalo.

Se lo permitían todo, pero el hombrecito nuevo cada vez llegaba más lejos. Su carrera de estancao era meteórica. Hasta que el Brismar fue asignado como Director General de la escuela Lenin. En este punto la historia alcanza dimensiones míticas. Con etapas oscuras, diversos y contradictorios testimonios y hasta evangelios apócrifos. Unos dicen que incluso pusieron al Brismar como Director porque era el único capaz de controlar a Ernestico. Otros afirman que el Brismar no estaba enterado de nada y de pronto se vio abocado a una especie de duelo de titanes. Y un sector alternativo de la opinión pública leninista asegura que cuando el Brismar asumió el cargo ya Ernestico se estaba aburriendo de pasarse la vida en la Lenin, que había tocado techo en su carrera de estancao, y que ambos llegaron a un acuerdo para fingir ante la masa estudiantil que el Director General lo expulsaba.

La Lenin contaba con dos piscinas olímpicas y un tanque de clavado, pero para que el desmadre tropical bañista no cundiera entre la masa estudiantil casi siempre permanecían vacías. Esa mañana Ernestico se levantó —es un decir, pues se había pasado toda la noche despierto— con ganas de darse un chapuzón. Estuvo la noche entera supervisando que una de las piscinas se llenase tras violentar la llave de abastecimiento. La enorme piscina olímpica  no llegó a llenarse más que unos cincuenta centímetros, pero el objetivo estaba cumplido. Así que el tarambana, después de exhortar a su tropa que esta vez se negó porque un baño en plena hora del acto matutino era demasiado, se puso el bañador y hala, a gozar, que Cuba es un eterno verano.

Esa mañana el Brismar había decidido, por algún motivo, darse un paseíto a través del pasillo central, que cruzaba justo frente a la piscina. Con paso firme, el rostro airado de cada día, y la enorme barriga de toda la vida precediéndole, el Director General divisó en lontananza que el hijo del héroe estaba chapoteando. Pero en la distancia solo era un estudiante más. Y hay que recalcarlo. Algunas versiones aseguran que si el Brismar hubiera sabido que se trataba de Ernestico Guevara, hubiera hecho la vista gorda como hacían todas las autoridades y el resto del profesorado. Pero no. El comecandela de incendio forestal no podía creerlo. ¿Quién coño había permitido llenar la piscina? ¿Y qué significaba que mientras toda la escuela Lenin izaba la bandera y cantaba el himno nacional, un estudiante estaba dándose un sabroso baño mañanero como si aquello fuese un resort? En este punto las versiones se oscurecen, pues hubo muy pocos testigos. Unos dicen que el Brismar le gritó: ‘¡Estudiante, salga inmediatamente!’, y Ernestico obedeció…, pero a medias. Porque salió del agua, extendió la toalla en el césped y se puso a tomar el sol. Otros aseguran que el Director, tras desentrañar el enigma de que el bañista no era ni más ni menos que el hijo del héroe, fue directo a su oficina, llamó al Ministro de educación y le dijo que si no le permitían expulsar inmediatamente al susodicho, él mismo renunciaba a su cargo.

El caso es que esa mañana, mientras las hileras disciplinadas de estudiantes entraban en las aulas para empezar la jornada docente, comenzó a circular el rumor de que el Brismar había pillado a Ernestico Guevara en la piscina y lo había expulsado de la escuela sin ni siquiera un consejo de disciplina. Sin dejarlo despedirse de nadie ni hacerlo público. En bañador y toalla.

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